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14/11/07
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| Rufus
Wainwright en Cartagena
(foto: Pablo Sánchez del Valle)
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DIOS EXISTE
La
Verdad tuvo el inmenso placer de presentar, dentro de
la 27 edición del Jazz Cartagena, a Rufus
Wainwright. La velada que más expectación había
despertado del festival -sin localidades desde hace una semana-
desbordó hasta las previsiones más optimistas. Un
espectáculo soberbio.
Una de esas noches que, dentro de unos años,
uno podrá recordar con orgullo: yo estuve allí. El
del viernes fue, sencillamente y la duda ofende, el mejor concierto
del año. Probablemente del lustro, quién sabe si de
la década. Esta vez sí, vale agotar los superlativos.
Dios existe. Ni Stones, ni Dylan, ni Springsteen: Rufus
Wainwright.
La propuesta del canadiense de Nueva York tiene
la majestuosidad de la ópera, la exuberancia del musical
de Broadway, el poder melódico del pop, la suavidad del folk-rock,
el aroma de libertad del singer-songwritter, la revelación
del soul, la lujuria del cabaret.
Todo ello esgrimido con un grado de calidad,
originalidad y magnetismo insólitos: Rufus no seduce, directamente
enamora. Desde el primer minuto de la primera canción -ahí
es nada empezar con una melodía tan complicada como la de
Release the stars, aunque
en realidad todas lo son- y hasta el último de los bises,
todo es absolutamente delicioso.
Su sentido del espectáculo es abrumador.
La estética, la exactitud técnica, la gracia en la
comunicación, la generosidad -más de dos horas de
concierto-, el repertorio... Todo está cuidado con tanto
mimo que justifica las caras de éxtasis del público
a la salida. Lástima no haber llevado una cámara de
fotos. El sonido, los músicos y la puesta en escena son magníficos,
pero la línea de meta revela este podio: Wainwright, Wainwright
y Wainwright: su voz, sus composiciones, su poder de fascinación.
El concierto fue ameno y muy variado. Con mayoría
de canciones de su flamante nueva entrega, "Release the stars"
-Do i disappoint you erizó
la piel y Beetween my legs
es la mejor canción pop de 2007, hala-, pero con títulos
de toda su discografía, desde Danny
boy -de su primer álbum de 1998-, hasta Cigarettes
and chocolate milk o esa maravilla coral que es 14th
street, con la que cerró la segunda parte de
un show que comenzó tocado con traje de rayas rojiblancas
salpicado por tremendos broches brillantes, continuó vestido
de niño tirolés y casi finalizó en albornoz
blanco, cantando junto al piano de mamá (literal, no es una
frase hecha).
Digo casi porque aún quedaba el simpático
momento 'transformer' final, joyas, tacones y lápiz de labios
incluidos. Con faldas y a lo loco.
Todo en Rufus Wainwright
es superlativo. Dramático, impresionante, barroco, desmesurado.
Pero lo más excesivo es su devastadora calidad, su genialidad
indudable. Y de eso, fruta escasa, es imposible empacharse. La del
viernes fue una de esas veladas en las que uno se congratula con
la música, con el arte y con la vida. Menos mal que existen.
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FICHA
Concierto: Rufus Wainwright.
Formación: Wainwright (voz, piano,
guitarra), Gerry Leonard (guitarra),Will Vinson (saxo, flautas),
CJ Camerini (trompeta), Louis Schwadron (corneta francesa), C. Greider
(guitarra acústica), Jeff Hill (bajo) y Matt Johnson (batería).
Invitada: Kate McGarrigle (piano). Lugar: Nuevo Teatro Circo, viernes
9 de noviembre. Calificación: Excelente.
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