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LHASA (crítica)  

15/07/04

Lhasa de Sela, durante su actuación en La Mar de Músicas 2004

HA PASADO UN ÁNGEL

Concierto: Lhasa (La Mar de Músicas 2004). Formación: Lhasa de Sela (voz), Rick Haworth (guitarra eléctrica, acústica y steel), Alez McMahon (piano, teclados), Mélanie Auclair (chelo), Mario Légaré (contrabajo) y François Lalonde (batería, percusión). Lugar: Parque de Artillería de Cartagena, 13 de julio. Calificación: Excelente.

Planeó levemente oteando la bahía, sonrío a las intrépidas aves marinas de los acantilados de Cabo Tiñoso y finalmente aterrizó sobre el escenario del Parque de Artillería. Lhasa de Sela llegó volando a Cartagena porque es un ángel y los ángeles tienen estas cosas. Se quitó las alas en el camerino y, una vez sobre las tablas, nos regaló los 100 minutos más intensos, bellos y estremecedores que este comentarista recuerda haberse echado a los sentidos en los últimos años.

Es algo sobrenatural, lo que desprenden las canciones y la magnética forma de interpretarlas de Lhasa. De una intensidad abrumadora. No es exactamente tristeza -aunque la primera impresión se le parezca considerablemente-, sino algo difícil de explicar. Una sensación embriagadora, de sensibilidad a flor de piel, de una pureza insólita, algo dulce y sin embargo inquietante, tierno, poético y desgarrador. La piel permanentemente erizada, los ojos humedecidos y, a cambio, una sonrisa en el alma. Así es como se recibe el néctar que es la música de la canadiense-de-ningún-sitio.

Su sonido es igualmente escurridizo. Canciones con arreglos de orfebrería fina, casi miniaturistas, que sugieren espacios abiertos y esa nocturna sensación del camino en soledad. Quizás la misma inevitable de cuando uno se busca a sí mismo. Es el caso de El desierto o la estremecedora Anywhere on this road, ligeramente cercanas al neocountry de unos Lambchop o Calexico. Las deudas a su herencia mexicana (Con toda palabra, con la que abrió el concierto o la magnífica Pa llegar a tu lado) las salda de un modo nada folclorista, utilizando las formas de manera meramente funcional para llegar a la esencia.

Igualmente hay ese encantador toque francés (J'arrive a la ville) y hasta se atreve con una canción chechena y con un fado de Amália Rodríguez que, atención, descubrió hace unos días en su visita a Portugal. ¿No es una osadía adorable, al tiempo que un bello modo de hacer girar la música? Pues además lo borda, haciéndolo suyo.

Lhasa tiene una asombrosa capacidad de transmisión, no solo componiendo e interpretando, sino también para introducir las canciones. Qué cosas tan lindas decía. Cuando narró, antes de la despedida con la hippie Soon this space, las impresiones de su padre acerca de la vida y la muerte, directamente daban ganas de abrazarla. Me reservo el derecho de algún día contárselo tal cual a la pequeña Ada Albarracín.

Bien, reconozco que en un par de ocasiones tuve que salir del patio de butacas. No tenía ganas de beber ni necesidad de ir al lavabo, pero era tal la marejada de emociones que se producía en mi interior que necesitaba una breve pausa o el nudo que atenazaba mi garganta acabaría por ahogarme. La próxima vez que alguien traiga a un ángel, que avise, porque de cotidiano no estamos preparados para tan intensa belleza.