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27/06/06
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| Queensrÿche cerró
el Lorca Rock 06 |
ROCK A CUBIERTO
El año de la renovación. Lorca
Rock presentó el sábado nuevas expectativas
en cuanto a la disposición y filosofía, que lo han
colocado con el paso de los años y por derecho propio a la
vanguardia de los eventos de esta índole que tienen lugar
dentro de nuestras fronteras. El recinto ferial de santa Quiteria
fue el emplazamiento elegido, atendiendo la demanda que imploraba
por sombras cobijadoras que paliaran la acción del sol.
Se agradece la intención, aunque el
resultado final fue dispar. Efectivamente las estructuras chapadas
del recinto aseguran cobijo, pero también una calidad acústica
reprobable y que deslució la mayoría de las actuaciones.
De todas formas la climatología se alió con el Lorca
Rock y la lluvia intensa que por momentos cayó durante las
horas centrales del día, hizo que finalmente se agradeciera
de una u otra manera el techado industrial y antiestético
que cubría ambos escenarios, sobre los cuales fueron apareciendo
las dieciséis bandas que formaban el cartel. No hubo lugar
para los parones o la espera. La música fluyó sin
cesar en uno u otro escenario, bautizados con los nombres de Alfa
y Beta. El primero reservado para los nombres más populares
y menos aguerridos, y el segundo que se convirtió en el lugar
de encuentro de los aficionados a las sensaciones más fuertes
y minoritarias.
Entre lo más apreciable de lo acontecido
en la 'zona beta' destacaría la enorme actuación de
Chris Caffery. El guitarrista de Savatage
puso en funcionamiento un arsenal de argumentos metálicos
que no por consabidos fueros menos efectivos. Arropado por músicos
de su mismo credo, Caffery tocó con tanta intensidad que
atrajo sin aspavientos las miradas de un público que quedó
atónito ante semejante avalancha de solidez. La química
realimentación audiencia-grupo funcionó de tal manera
que Chris solicitó permiso para acometer un último
bis ya fuera de guión.
La hora del thrash más underground la
marcaría la actuación sin tregua de los emblemáticos
Exodus, que concitaron a un buen séquito
de curiosos con ganas de asistir a lecciones de historia metálica
extrema, y en esa materia, la banda del guitarrista Gary Holt probaron
ser auténticos catedráticos, aunque sin perderle la
cara al presente en ningún caso. Los temas pertenecientes
a sus últimos trabajos competían con sus longevos
predecesores en igualdad de condiciones, en pos de la corona de
lo concluyente. Severos Exodus, sin nostalgia y en plena actividad.
Como era de esperar lo del escenario Alfa era
diferente. La cara festiva del hard rock. Cambiando enérgicos
movimientos de cuello de atrás hacia delante, por estribillos
coreados en masa. Gotthard fueron los
primeros en recoger las primeras ovaciones importantes del día.
Cuando un grupo tiene a sus espaldas tal experiencia, y está
avalado por un importante nivel de ventas continental -que no en
nuestro país- es por algo, y ese algo trasciende a sus actuaciones
en directo.
Inmediatamente después asomarían
los cabellos cardados y las chaquetas de lentejuelas de Hanoi
Rocks. El carismático Michael Monroe sacó su
harmónica, su saxo y del mismísimo fondo de sus entrañas
la actitud más insolente del Rock And Roll. Alguien detrás
de mí comentó: “es lo más patético
que he visto en veinte años”, y es que a quien simplemente
no entiende nada. Es posible que “mi compañero de festival”
disfrutara más con la pulcritud y el estilismo algo aburrido
de House Of Lords, o quizás fuera más del gusto vanguardista
de unos Ill Niño
eficientes, aunque quizás un poco fuera de lugar.
ARMAS DE SEDUCCIÓN
MASIVA
La agenda del día se estaba cumpliendo con asombrosa puntualidad.
Eran las diez, horario nocturno. El momento ideal para que la serpiente
blanca saliese de su escondrijo en busca de miles de presas que
aguardaban su picadura. David Coverdale mandó, controló
y dirigió con una categoría solo reservada a los grandes
del Rock. Tan grande como para haber co-escrito un clasicazo de
su era Deep Purple como “Burn” con la cual reivindicaba
su pasado y abría el show de Whitesnake
en Lorca 2006. La afluencia de público ya masiva hacía
que el sonido mejorara considerablemente en la explanada situada
frente al escenario Alfa. Eso ya fue un alivio para poder apreciar
convenientemente el estupendo estado de forma vocal de Mr. Coverdale,
quien confiado no perdía ocasión para utilizar todas
sus armas de “seducción masiva”.
El repertorio se basó especialmente
en las canciones –hasta seis- pertenecientes a su multi-platino
Whitesnake-1987. Recuperarían del recuerdo la sedosa cadencia
de “Ain’t No Love In The Heart Of The City” de
su primera época, pero serían contadas las rendiciones
al pasado, lo que en un grupo de la raigambre de Whitesnake no deja
de ser algo triste, y mucho más cuando sendos solos de guitarra,
y otro más de batería restaban minutaje a la actuación
innecesariamente. Después de despedirse y casi sin que nadie
lo pidiera, Coverdale y su magnífica cohorte de músicos
volvían para cerrar con la arrolladora “Bad Boys”
que cerraría un show brillante en la forma y conservador
en el fondo.
El plato fuerte había concluido, pero
nadie se movió, nadie quería perderse la actuación
más festiva del día. Twisted
Sister retomaron la senda del Glam Rock con una puesta en
escena en la que la diversión es el primer mandamiento. Asombroso
el estado del veterano Dee Snider, que no escatimó un ápice
de energía, ni un gramo de maquillaje, para convertirse,
como en los buenos tiempos, en el payaso malévolo pero simpático
que atraía a la audiencia hacia estribillos imposibles de
rechazar como el de “We’re Not Gonna Take It”
o “I Wanna Rock”, coreados hasta la afonía.
Se hizo muy tarde y muchos fueron los que decidieron dar por finalizada
la jornada con el buen sabor de Twisted Sister.
Así que el show de Queensrÿche
quedó para los supervivientes de la maratón rockera
que decidieron persistir. Los que así lo hicieron no quedarían
decepcionados con la magnificencia escénica de la banda de
Seattle, en los que es costumbre cambiar el repertorio de directo
con cada gira, sin comprometerse con canciones en particular. Para
su primera actuación en territorio español prepararon
un simbiosis conceptual de su gran obra “Operation: Mindcrime”
y su reciente secuela “...Mindcrime II”. Teatrales,
elegantes, técnicos y tomando distancia con el público,
Queensrÿche fueron la consecuencia de sí mismos. Es
difícil pensar en una banda más distinguida. El pletórico
cantante Geoff Tate hacía de cada frase un ejercicio de interpretación,
no solo vocal sino corporal y psíquica, trascendiendo en
forma de expresividad. Él es el actor, y el resto los infalibles
conductores que sirven de excelso hilo conductor. La colaboración
de la vocalista Pamela Moore, en su papel de la “hermana María”
redondearía canciones como la trágica “Suite
Sister Mary” o la reciente “The Hands”. Mientras
“Jet City Woman” y “Empire” cerraban el
repertorio en clave de mayor accesibilidad.
Se hizo tarde, muy tarde. Y el recinto de Santa
Quiteria quedaría desalojado con toda fluidez, dejando atrás
la impresión sellada por un festival exitoso una vez más,
aunque obligado a la reflexión de cara a la décima
edición que tendrá lugar el año próximo,
y que deberá ser histórica.
[Texto y foto: Rafa Llorente]
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