Juan Perro y la chispa del directo
Dos moldes extraños, uno madrileño, otro toscano, ofrecieron una de las mejores veladas de la decimoctava edición de La Mar de Músicas. Creadores peculiares, tanto Vinicio Capossela como Juan Perro son también artistas de peso escénico. En principio el excéntrico era Vinicio, pero finalmente fue el Perro Auserón quien mostró la vertiente más inspirada e imprevisible.Acostumbrados a que los conciertos devengan con corrección, por otra parte algo lógico, se nos había olvidado que por encima de todo son una performance, una interpretación en vivo, y por tanto algo moldeable sobre la marcha. Claro que para ello hay que tener muchas tablas y una banda capaz, casos ambos que se daban el viernes. Auserón es uno de los grandes, maneja el escenario como un chaval una consola y, hay que decirlo, salió a escena 'alegre'. Bastante 'alegre', en realidad.
Extraordinariamente interesado en estrechar lazos con la audiencia, pronto dejó claras sus intenciones: “Mirad, yo ya tengo una edad y si no es para pasármelo bien no estoy dispuesto a subirme a un escenario”. Miel sobre hojuelas: se lo pasó bien el público, se lo pasó bien la banda y se lo pasó mejor que nadie el propio Auserón. ¡Qué grande! Me declaro fan.
Juan Perro salió a guapear desde el minuto uno, amable y feliz como en la fiesta del fin del mundo, pero mostrando también ciertos arranques de (adorable) chulería punk. Viene de donde viene y eso marca. ¿El repertorio? Pues buena parte de su último trabajo de estudio 'Río negro' -la titular, la apertura con 'Reina zulú', 'Pájaro de Siracusa', la poética 'Girasoles robados'...-, salteado con clásicos propios -'La charla del pescado', 'El cigarrito', 'Obstinado en mi error'- o ajenos, con predilección por el boogaloo y el mambo y rematados con un 'Watermelon man' en la versión de Mongo Santamaría.
Vinyals tuvo que sacarlo agarrado del brazo. A saber cómo acabó la fiesta y si finalmente cumpliría su deseo de bañarse desnudo, buena zona es para ello. Tal vez hubiera a quien pudiera desagradar tanta disgresión, pero insisto, este Perro es un crack (y su banda también). Muy pocos pueden permitirse lo que hizo.
Previamente, Vinicio Capossela había demostrado con encanto y maestría que lo suyo tampoco es muy de este mundo. Bueno, es de este mundo mediterráneo, sobre todo del que conecta Italia y Grecia, me refiero al mundo de los normales. Ataviado cual vieja fotografía, con una camiseta de rayas horizontales pero con el toque bohemio de una sola manga larga, Capossela basó el concierto en su última entrega discográfica, un 'Rebetiko gymnastas' de sonoridades populares helenas, siempre desde su prisma de trovador portuario ebrio de vino, poesía y surrealismo.
Mecidas por piano y buzuki, abrió con 'Abbandonato', la popular de los ejes de mi carreta, e igualmente destacaron entre el buen tono general la preciosa 'Con una rosa', la alocada 'Utrennaya gimnastika', la melancólicamente bella 'Las simples cosas', ese lamento de cantina que es 'Contratto per Karelias' y, en el breve 'momento Belcebú', en el que recupera pelleja, máscaras y teatralidad de antiguos shows, 'Il ballo di San Vito'. Muy bien y, si entendiéramos la letras, aún mejor.



